¿Quieres ser de 10?

Clase online 3 abril, 19 h

¿Cuántas veces ves la palabra gratis al cabo del día?

Servicios profesionales casi gratis

El otro día hablaba con un grupo de emprendedoras de sectores muy diversos. Comentábamos cómo en muchos ámbitos los profesionales se están viendo obligados a bajar el precio de sus servicios. Llegan a veces a cifras ridículas que apenas cubren costes. El cliente no entiende que el servicio o producto a infraprecio no puede ser el mismo que uno que se paga a su precio real.

Muchas veces, detrás de esos profesionales hay personas que no cotizan a la Seguridad Social. No pagan impuestos, ni pueden hacerte una factura. O tienen su trabajo estable y con estos trabajos se van sacando un dinerillo extra. Y con esas condiciones, no podemos competir.

Llegados a este punto hay dos opciones: O igualas precios con los que deprecian el mercado, o mantienes tus tarifas a costa de perder clientes. Estas emprendedoras han tirado por la vía de en medio: Ofrecen a sus clientes productos o servicios con prestaciones más reducidas a un precio más asequible. Mantienen el producto premium para el cliente que sigue dispuesto a pagar por calidad y legalidad.

¿Buscamos lo gratis por la falta de poder adquisitivo?

Cabe pensar que esta mentalidad de escatimar en profesionalidad viene impuesta por la crisis y la pérdida de poder adquisitivo. Pero lo curioso es que, algunas de esas personas que afirman no poder pagar determinados servicios, tienen un nivel de vida alto e invierten dinero en tecnología o viajes. Así que me veo obligada a pensar que es el precio de la cultura del todo gratis.

Mis hijos se reían el otro día contándome que su abuela, cada vez que coge el móvil, les pregunta. Empieza a abrir aplicaciones y entra en páginas, y les pregunta si eso es gratis o hay que pagarlo. Yo les expliqué que es normal. Su abuela ha vivido en una época en la que era imposible conseguir nada gratis o sin esfuerzo.

No hace falta irse tan atrás. Yo misma, cuando empecé a utilizar Internet, hace unos 15 años, recuerdo cómo me sorprendió la posibilidad de mandar emails gratis. Si para mandar una carta he de pagar sobre y sello, ¿cómo va a ser esto gratis? Peor fue cuando Terra y otros portales ofrecían tarjetas animadas para felicitar los cumpleaños por email. “Venga ya, esto es imposible que sea gratis”, recelaba yo.

Nada es completamente gratis

Nos hemos acostumbrado a recibir todo gratis y de forma instantánea a cambio de soportar publicidad o de ceder nuestros datos personales. Con lo cual, ya no es gratis, porque pocas cosas tienen tanto valor como nuestro tiempo y nuestra privacidad. Para leer un artículo gratis en un periódico online, me salta un popup y he de esperar 10 segundos a que desaparezca. Ya están disponiendo de un tiempo que es mío. Es decir, estoy vendiendo mi tiempo y pago el servicio que recibo con él.

Casi todas las aplicaciones que bajamos a nuestro móvil son gratis. Recuerdo que hice un vídeo hace unos años explicando cómo usar una aplicación. Servía para introducir los datos de las comidas que tomábamos y ayudaba a seguir una dieta. Fueron bastantes las personas que protestaron porque la app costaba un euro… ¡un euro!

De igual modo, cuando Whatsapp pasó a ser de pago, recuerdo cómo la gente se resistía a pagar. Descubrieron que desinstalando la aplicación y volviendo a instalarla, sorteban el pago. Whatsapp pedía 1 euro por el servicio de mensajería ilimitada de un año completo. Entonces, mandar un SMS ya costaba 0’15 euros. Como no lograba entender su resistencia, pregunté a algunas personas. Su respuesta fue: “Es que hay millones de usuarios de Whatsapp en el mundo, a un euro cada uno, ¡imagina lo que van a recaudar!”. Me pareció patético. No nos duele pagar, sino que lo gane otro. Que, por cierto, es quien ha desarrollado la aplicación y nos está dando el servicio.

Si tú ganas, otros pierden

Mi hija, en plena efervescencia adolescente, es belieber. Por si no lo sabes, es el nombre que reciben las fans de Justin Bieber. Tiene posters en su habitación, escribe sobre él en redes sociales, ve todos sus vídeos y asegura estar enamorada de él. Porque no hay una persona igual en todo el mundo mundial y llegar a conocerlo da sentido a su vida. Vale.

El otro día tuve una conversación con ella, le pregunté qué tipo de fan descarga las canciones de su ídolo de forma ilegal o no gasta ni un euro en merchandising. Se quedó paralizada. Le pregunté cuál era el negocio de Bieber, de qué vive y cómo consigue sus ingresos. Me respondió que vendiendo discos. “Ok, ¿cuántos discos suyos has comprado?” le pregunté. “Tú viste cuántos meses dediqué a escribir mi libro, cuántas noches os fuisteis a dormir y yo me quedaba hasta la madrugada en el portátil. ¿Qué te parecería que ahora la gente fotocopiase mi libro y nadie lo comprase?”

Hace poco asistí a una formación sobre redes sociales que impartió mi amigo Gabriel de Camyna. Un asistente preguntó por editores de vídeo y Gabriel le dijo que comprar Camtasia sería una buena opción. Otro alumno estalló a reír: “¿Comprar?” dijo con ironía.

No aceptamos el aplazamiento

El problema, en mi opinión, es que la cultura del todo gratis y sin esfuerzo la estamos haciendo extensiva al resto de áreas de nuestra vida: Nos cuesta mantener las relaciones, queremos dietas expres… Nuestros hijos quieren aprobar sin estudiar y salir en la función de teatro cuando han faltado a la mitad de los ensayos del curso…

Nos guste o no, hay cosas que tienen un coste económico, o que siguen necesitando de tiempo y esfuerzo. Nueve madres no hacen un bebé en un mes.

Te ayudo a cambiar tu alimentación y mejorar tu vida en hola@yolandacambra.com

La cultura del “Todo gratis”
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