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Hay muchas situaciones emocionales que te pueden provocar ansiedad por comer. Algunas causas emocionales te las expliqué en este artículo: Puede ser un desbordamiento emocional que no has logrado gestionar (enfado, agotamiento, rabia, frustración, ira…). O quizá una situación vital o prolongada que te produce una emoción desagradable (desempeñar un trabajo que no te gusta, relación sentimental dañada, sensación de soledad al estar lejos de tus seres queridos…).

Antes de llevar un alimento a la boca, debemos parar y pensar: ¿Realmente siento hambre? Si la respuesta es negativa, sólo sientes deseo de comerlo. Pero no hay hambre física y real, así pues, hay que averiguar qué está produciendo esa necesidad de comer.

Ansiedad por comer: Buscando un patrón

Si esta situación se repite con cierta frecuencia, te animo a buscar un patrón de repetición. Es decir, piensa en qué lugares o con qué personas suceden estos episodios de ingesta emocional. Llevar un registro por escrito te ayudará a atar cabos.

Pueden suceder en tu trabajo, quizá porque no te gusta tu oficio, o porque te llevas mal con tu compañero. Quizá estás decepcionada con tu jefe porque esperabas una promoción que no ha llegado…

Pueden ocurrir cuando estás con tu pareja, con tus hijos, después de ver a una amiga. O, justamente, cuando estás sola… Analizar estas situaciones te ayudará a encontrar la emoción que realmente está provocando tu deseo de comer.

Tengo varios años de experiencia acompañando a personas que comen de forma emocional. He conocido muchos casos en los que estas ingestas se producen en el hogar familiar en el que crecieron. Esto suele suceder en comidas familiares de fin de semana, o en vacaciones de verano o Navidad.

Personas y lugares

Nada más entrar en el domicilio de sus padres, van directas a la despensa o al frigorífico. Es un acto reflejo que no pueden controlar y no entienden por qué lo hacen. A la pérdida de control, se suma la frustración por no entender qué sucede.

Es muy probable que tengan recuerdos desagradables de la infancia, asociados a esa vivienda. Puede ser una casa, un lugar, o una población entera. También es posible que hayan olvidado esos recuerdos, pero sólo en el plano consciente.

Suele ser habitual la presión añadida cuando se vuelve al pueblo o ciudad de origen en vacaciones. Máxime si hace mucho tiempo que no nos ven y hemos aumentado de peso. Anticipamos su opinión y comenzamos a sufrir, imaginando las críticas que harán sobre nuestro peso y aspecto.

La mala relación con los padres suele cursar con mucha angustia. Así, es frecuente darse un atracón de comida en casa de los padres, al salir de la vivienda, o tras hablar por teléfono con la madre.

Estas respuestas automáticas reflejan relaciones con padres muy exigentes. Suele haber en algún momento críticas a nuestro aspecto físico, lo que nos ha hecho sentir juzgadas y poco amadas. Sin duda, el peor sentimiento que puede experimentar un hijo.

¿Qué puedes hacer?

Te animo a que pongas remedio a esta situación: Hasta que seas capaz de controlar tu ansiedad por comer en estas situaciones, puedes celebrar las comidas familiares en tu casa, o en otro lugar que no sea el domicilio paterno. O, incluso, espaciar las visitas, si observas que te desestabilizan emocionalmente.

Hacer esta introspección es doloroso, lo sé, pero es el único modo de conocer nuestra compulsión y poder anticiparnos a ella. Debes entender cómo funciona tu sistema emocional, y cuáles son los disparadores que desatan la ansiedad por comer. Eso te hará anticiparte a tu respuesta automática y evitarás comer de forma emocional.

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