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A dieta desde la infancia

Un día leí a una nutricionista que aseguraba que la mayoría de pacientes que recibía en su consulta habían realizado una media de 3 dietas a lo largo de su vida. Para mi sorpresa, aportaba el dato interpretándolo como una cifra alta.

La mayoría de personas a las que he acompañado en estos años de trabajo han perdido la cuenta de las dietas que empezaron, al igual que yo misma. La mayoría se presentan diciendo “Mi madre ya me ponía a dieta cuando era una niña” y así han seguido durante toda su vida.

Es curioso como siempre nos hemos sentido gordas y estábamos convencidas de que necesitábamos adelgazar. Pero ahora, miramos fotos de aquella época y pensamos “Pero si estaba estupenda, ¿cómo podía verme gorda?”

Ojalá alguien nos hubiese enseñado a aceptarnos como somos, a gestionar nuestras emociones, a implementar hábitos saludables, a creer en nosotras mismas, a no dar importancia a las fluctuaciones de peso que muchas veces son fruto de los cambios propios de la edad o de cuestiones hormonales.

Pero no, había que responder al patrón estético y todas hicimos de la dieta fotocopiada nuestra Biblia.

Las industrias de la estética y la dietética

El efecto halo hace extensiva una cualidad al resto de la persona. Así, una persona que nos resulta atractiva físicamente, pasamos a percibirla inconscientemente como mejor persona o mejor profesional. Una persona atractiva es más aceptada socialmente y experimentos sobre la conducta de ayuda han demostrado que ayudamos más o tratamos de favorecer a personas que nos resultan atractivas con más facilidad que cuando no lo son.

Da igual si este planteamiento te resulta deleznable y poco ético. Es un proceso psicológico subconsciente y escapa totalmente a tu control.

Y esta premisa es la base de las industrias dietética y estética (y me refiero a empresas que venden productos adelgazantes, no a los profesionales de la salud). “Si usas este labial rojo estarás sexy e irresistible”, “Si adelgazas serás más feliz”. Esa es la razón de que en la publicidad siempre veas personas delgadas, atractivas, felices y exitosas. Porque, de forma subliminal, asocias el producto que te venden con esa experiencia que todos anhelamos.

Yo misma lo he comprobado. Hace un tiempo hice publicidad para uno de mis cursos de alimentación emocional usando la foto de una mujer preciosa con kilos de más. Pasaba el tiempo y el curso no se vendía. Cambié la foto por la de una mujer delgada y el curso comenzó a venderse.

Muchas veces he criticado cómo las grandes marcas utilizan solo cuerpos perfectos para su campaña de marketing, pero tras mi experiencia lo entiendo. Aunque a nivel consciente apostemos por la diversidad de cuerpos, a nivel subconsciente todas deseamos identificarnos con la mujer delgada.

Esta es la foto que utilicé al principio y tuve que cambiar:

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¿Cómo vender productos estéticos y dietéticos?

Una de las estrategias de venta más efectivas es inducir miedo. Puede sonar perverso, pero estás expuesta constantemente a anuncios de este tipo. Por ejemplo, cuando oyes un anuncio en la radio donde una pareja cuenta que han entrado a robar a los vecinos y que hay que instalar una alarma para estar tranquilos. O cuando contratas un seguro por miedo a sufrir un siniestro. Son compras basadas en el miedo. Miedo, curiosamente, a algo futurible. Es decir, que puede que ocurra, o puede que no.

Del mismo modo, la industria estética y la dietética basan su estrategia en la no aceptación de nuestros cuerpos. Si aceptamos nuestras canas no venderán tintes para el pelo. Si aceptamos las manchas de nuestra piel no venderán maquillaje. Si aceptamos nuestras estrías o celulitis no venderán cremas.

He visto campañas horribles en estos días infundiendo miedo a las personas con sobrepeso ante el covid-19, diciéndoles que asumen más riesgo de contagio y peor pronóstico por sus kilos de más. Es innegable que la obesidad complica cualquier otra enfermedad. Pero se está urgiendo a las personas a hacer dieta y perder peso ante el covid-19 como si fuese algo que se puede resolver en una semana. Me parece demencial.

Además, la estética es absolutamente cultural y temporal. Así, en otros países, se considera antiestético lo que aquí admiramos, y al revés. Todos hemos visto mujeres masai con su cabeza siempre afeitada, mientras que en Europa dedicamos mucho tiempo y dinero a lucir un cabello cuidado. Al igual que en la época de Rubens se admiraban los cuerpos femeninos grandes.

Menos dietas, mejores hábitos

El otro día me comentaba una nutricionista que sus colegas de nueva generación ya no usan básculas en la consulta para medir el progreso de sus pacientes porque lo encontraban penalizante. ¡Qué alegría me dio y qué diferente del protocolo que hemos vivido muchas de nosotras! Todas hemos vivido angustiadas ese momento de subirte a la báscula delante de tu dietista, entrando al baño antes de pasar a consulta y evitando beber o comer en las horas anteriores para pesar lo menos posible.

Todas hemos sido juzgadas por esa cifra y sentenciadas con un “No lo has hecho bien esta semana, la báscula es una chivata” y hemos sentido frustración al saber que sí habíamos cumplido con las prescripciones que se nos dieron. O a veces no, pero saltarte una dieta nunca deberíamos haberlo vivido como si hubiésemos cometido un crimen o hubiésemos deshonrado a nuestra familia.

Siempre aliento a las personas a ser felices y vivir en bienestar, sea desde la aceptación o desde el cambio. Siempre voy a tratar de que las personas estén lo más saludables posible. Y eso no se consigue con una dieta, o con batidos o pastillas. Se consigue con amor propio, respeto y autocuidado. Implementando cambios y hábitos saludables sostenibles y poniendo el foco en el proceso, más que en el resultado.

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