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Estoy casi segura de que habrás visto la película “La vida es bella”. Y, si no lo has hecho, te recomiendo que la veas.

A pesar de ser un drama, es una de las historias más bonitas de amor y de superación de adversidades que se han rodado. No es casualidad que recibiese muchos premios y siete nominaciones al Óscar. Su argumento me recuerda mucho a la historia que cuenta Viktor Frankl en su libro “El hombre en busca de sentido”, relatando su paso por los campos de concentración.

La vida es bella está basada en hechos reales y parte de ella es la historia de Rubino Romeo Salmoni, uno de los pocos judíos que sobrevivió al holocausto nazi. El protagonista de esta película es Guido Orefice, un judío italiano dueño de una librería, que usa su ingeniosa imaginación para proteger a su pequeño hijo de los horrores de un campo de concentración nazi.

Guido oculta a su hijo la terrible situación que están viviendo, haciéndole creer que es solo un juego en el que deben ganar puntos, y el primero que gane 1.000 puntos conseguirá un tanque de verdad. También le dice que si llora, pide comida o quiere ver a su madre, perderá puntos, mientras que si se esconde de los guardias del campo ganará puntos extra.

La vida es bella nos deja escenas que la mayoría no hemos podido olvidar, como la traducción simultánea que Guido hace de las órdenes del mando militar para mantener la ilusión de su pequeño. O cuando se escapa para desearle por megafonía un “Buenos días, princesa” a su mujer Dora, que está separada de ellos en el pabellón femenino. Y muchas más caricias al corazón que no te voy a desvelar por si no la has visto.

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El confinamiento por COVID-19

Desde que comenzó el confinamiento por el COVID-19, he sentido que estábamos reproduciendo esta película. Pero no éramos Guido, sino el pequeño Giosuè.

Comenzamos a confinarnos en nuestras casas a regañadientes, pensando que esto serían cuatro días, montando discotecas vecinales, jugando al bingo de balcón a balcón. Muchos tratando de burlar la norma y saliendo a la calle más de lo preciso. Pensábamos que no era necesario usar mascarilla y guantes cuando lo hacíamos. Incluso protestamos porque asegurábamos que no era para tanto, que solo era una gripe.

Las fuentes de autoridad, las únicas que podían reducir nuestra incertidumbre, nos dijeron lo mismo: No pasa nada, el COVID-19 es menos peligroso que una gripe.

Recuerdo la conversación con whastapp con mis hijos, que estaban con su padre cuando se hizo pública la decisión de confinarnos. Mi hija no entendía exactamente en qué consistía. “¿Pero el fin de semana tampoco se podrá salir? ¿No podré ver a mis amigos? ¿Qué pasa con el curso?”. Le expliqué que tengo 51 años y que jamás había vivido una situación como esta, así que nadie sabía lo que iba a pasar. Que debíamos protegernos para no contagiarnos y frenar la expansión del coronavirus. Y que lo único que estaba en nuestra mano hacer era quedarnos en casa como nos pedían y lavarnos las manos con frecuencia y bien.

Mecanismos de protección psicológica

A pesar de lo que vimos en China o Italia, nos protegimos autoconvenciéndonos de que a nosotros no nos pasaría. Hay varios mecanismos psicológicos para reducir nuestra percepción de amenaza. Uno es reducir la semejanza, sentir que no eres como otros afectados, y lo aplicamos con los chinos: “Bah, son orientales, están en la otra parte del mundo, esto no va con nosotros”. Otro consiste en culpabilizar a la víctima, si le hacemos responsable nos alivia. Ya que si lo atribuimos al azar, supone que a nosotros también podría pasarnos. Y este mecanismo lo aplicamos con los italianos: “Es que lo han hecho tarde y mal. Además no se lo toman en serio, hasta tienen las discotecas abiertas”.

También hicimos como el pequeño Giosuè, creer que todo esto era un juego, que no pasaba nada. Seguíamos utilizando mecanismos de defensa porque no teníamos herramientas para enfrentarnos a lo que habían vivido en otros países. Nuestro cerebro no tolera la incertidumbre.

Es muy difícil prepararte para algo que viene que no sabes exactamente qué es, ni cuanto va a durar, ni las consecuencias que va a tener. No tenemos un marco de referencia. Con las experiencias vividas, vamos creando esquemas mentales, que son como hojas de apuntes que guardamos en nuestro cerebro y se activan cuando revivimos una situación parecida. Pero no hay esquemas para el COVID-19. Nadie los tiene.

Las primeras semanas de confinamiento

Las primeras semanas de confinamiento nos movimos entre adaptarnos a la nueva situación en casa y trasladar el trabajo al hogar en los casos que era posible. El sistema educativo tampoco estaba preparado para esta situación. Los profesores no tenían normas claras sobre cómo actuar y los niños no entendían por qué tenían tantos deberes si no había colegio.

Los padres se dividían entre el teletrabajo, ayudar a sus hijos con las tareas escolares y entretenerlos el resto del tiempo. Niños que estaban acostumbrados a ir cada día a la escuela, relacionarse con iguales, jugar en el recreo, bajar al parque por la tarde… De repente, no salen de casa.

Viendo que las personas de más edad eran el grupo de mayor riesgo, otra preocupación añadida de las familias fue proteger a sus mayores. Evitar, con mucha tristeza, ir a verlos y que viesen a sus nietos. Hacerles la compra y dejársela en la puerta, llamar al timbre y lanzarles un beso desde el ascensor. Lo mismo con padres divorciados con régimen de visitas que no pueden ver a sus hijos.

COVID-19: El virus que une y separa

Es curioso como el COVID-19 nos ha obligado a estar con unas personas y nos ha distanciado de otras. En esta vida caótica que llevamos, no solemos compartir mucho tiempo con las personas que convivimos. Y mucho menos, tiempo de calidad. Esta pandemia nos ha obligado a convivir, pero de verdad.

Al mismo tiempo, nos ha separado de personas importantes. Y hemos entendido la falta que nos hacen y la importancia de los abrazos y de sentirnos cerca.

Algunas personas se han dado cuenta de que tenían muchas relaciones superfluas: “Me está sorprendiendo descubrir que no echo de menos a casi nadie, estoy estupendamente”.

Y así surgen las tomas de conciencia transformadoras cuando la situación en tu entorno es diferente. Estas reflexiones transformadoras son muy poderosas y desde el coaching tratamos de forzarlas con nuestros clientes, animándoles a hacer las cosas de un modo diferente.  Porque si te fijas, el denominador común de todos estos casos es el mismo: la situación ha cambiado. Es muy difícil tomar conciencia si sigues dentro de la rueda del hámster en piloto automático.

Adiós pequeño Giosué, hola Guido.

Recuerdo un artículo que publicó hace unas semanas el Heraldo de Aragón. Una zaragozana que vive en Bérgamo nos decía: “Aquí ya no hay motivos para cantar en el balcón, se oyen continuamente ambulancias. Hay una razón real para quedarse en casa”. Me estremeció leer aquel testimonio. Y fue premonitorio.

Poco a poco, la población está entendiendo que esto no es un juego y que nos va la vida a cualquiera en ello. Y ya no somos el niño de La vida es bella, ahora somos el padre.

A pesar de ello, estoy convencida de que la mayoría de la población no es consciente de la magnitud de este desastre sin precedentes. En esta crisis, los 20.000 fallecidos son solo números porque no se permite a la población ser consciente del dolor que hay detrás de esa cifra. Para ello se han encargado de que cierta información o imágenes no lleguen a los cuidadanos. Estamos viendo las hileras de féretros de EEUU que está dejando el COVID-19, ¿por qué solo un periódico ha publicado una foto de la morgue en que se ha convertido el Palacio de Hielo?

Dicen que para protegernos, que eso es morbo, que no necesitamos verlo. Estoy totalmente en desacuerdo. Si creen que la población no está preparada para asumir tanto dolor, hay que darle recursos para gestionarlo. Un terrón de azúcar con la amarga medicina, como cantaba Mary Poppins. Lo que no se puede hacer es tratar a una población adulta de millones de personas como si fuésemos el pequeño Giosué. Me parece insultante.

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¿Por qué no tenemos declarado el luto nacional?

Algunas personas dicen que ahora no es momento, que ya tendrán su reconocimiento, que hay que enfocarse en vencer al COVID-19. No he escuchado decir esto a nadie que haya muerto uno de sus seres queridos. Yo no digo que los sanitarios dejen de salvar vidas y se pongan a levantar un monumento a las víctimas. Pido gestos simbólicos que den un poco de calor y sirvan de acompañamiento a las 20.000 familias españolas que están sufriendo: Un crespón negro en las televisiones, banderas a media asta y un minuto de silencio.

Muchas de esas personas han fallecido solas, sus familiares no han podido acercarse, ni despedirse. No son capaces de elaborar el duelo porque lo viven como una pesadilla. “¿Cómo aceptar que ha muerto si ni siquiera lo he visto enfermo?”, me decía el otro día una conocida. No han podido estar en el entierro y ayer vi a un chico que le dieron las cenizas de su padre un mes más tarde.

Pedir el luto nacional no es una cuestión política, es una cuestión de humanidad. Es el deseo de acompañar a tantas familias que están sufriendo y hacerles saber que no son solo un número.

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