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Aprender a gestionar emociones es importante para todos. Pero, más aún, si tienes dependencias de algún tipo, como puede ser un trastorno de la conducta alimentaria.

La semana pasada tuve que ir al hospital a solicitar cita para unas pruebas médicas. Hacía años que no estaba en el centro donde tantas veces estuvo ingresada mi madre, antes de morir. Recorrer aquellos pasillos me transportó, literalmente, a aquellos momentos de sufrimiento y tristeza. Iba distrayendo mi atención, charlando por whatsapp, para no sumergirme mucho en aquella sensación que no quería sentir.

Pero, al final de la mañana, salió toda la emoción de golpe. Iba por la calle y sentía ganas de llorar, me sentía triste y venían imágenes como flashes a mi cabeza. Al llegar a casa miré la hora. Quedaban justo 45 minutos para que llegasen mis hijos del colegio. Suficiente para gestionar emociones. Puse el móvil en modo avión para aislarme durante un rato.

Antes de replegarme, grabé un vídeo cortito para mis alumnas, explicándoles cómo me sentía: “Estoy muy triste, me siento una niña abandonada y de repente me he vuelto pequeña” Les decía mientras se me escapaban las lágrimas.

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La serenidad no es ausencia de problemas, sino la actitud ante los mismos.

Tanto con mis clientas como con mis alumnas, trato siempre de que vean que mi vida tampoco es fácil. Yo también tengo problemas y me desmorono. Lo importante es la gestión emocional que haces, así como de los conflictos y tu actitud. Quise que viesen que, en una situación tan devastadora emocionalmente, no se me ocurría recurrir a la comida. Necesito algo, sí, pero no es comida.

Me acurruqué en la cama en posición fetal y me aislé de todo. Extrañaba a mi madre y la traje conmigo. Lloré mientras recordaba nuestros últimos momentos juntas. Intenté visualizaciones que no funcionaron. Porque, una y otra vez, me venían las escenas en el hospital, cuando le daba besos. Así que me dejé fluir con lo que me iba llegando.

Al final me quedé dormida y desperté cuando llegaron mis hijos. No había preparado comida, así que improvisé pasta con atún. Estaba literalmente sin energía, completamente agotada. Nada más comer, me acosté de nuevo y dormí dos horas de tirón. Algo totalmente inusual en mí, ya que nunca duermo siesta. Me desperté como acorchada.

Había quedado con amigas para cenar, pero quise salir antes de casa para despejarme. Emocionalmente estaba bien: Me había dado permiso para sentir la emoción, le había dado tiempo y lo que me estaba pidiendo.

Es muy raro que tenga crisis emocionales de este tipo. Esto es así porque, desde que hice el proceso de recuperación de mi trastorno alimentario, gestiono bastante bien las emociones y relativizo mis conflictos. Eso hace que no llegue a desbordarme.

Así que, al levantarme y finalizar el proceso de gestión emocional, me pareció un momento único para compartir con mis alumnas. Y les grabé otro vídeo repasando las fases y conclusiones de la gestión.

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Fases de mi gestión emocional:

Reconocimiento

  • Me veo expuesta a una situación que me causa dolor y tristeza por los recuerdos que tengo asociados (hospital).
  • Trato de distraer la atención con whatsapp para minimizar el impacto emocional hasta que pueda gestionarlo.
  • Ese parche es temporal y la emoción debe salir. Lo hace al final de la mañana y yo le doy permiso.

Aceptación sin juicios

  • Surgen juicios propios: “Pero Yolanda, mamá hace casi 9 años que murió, ¿todavía estás así?” Pero los aparto de un golpe: “Sí, entrar al hospital me ha hecho revivir el sufrimiento y tengo derecho a estar así”
  • ¿Qué siento? Tristeza, soledad, pérdida, soy una niña abandonada.
  • ¿Qué me está diciendo? Que extraño a mi madre.
  • ¿Cómo puedo tenerla? Mediante la visualización y el recuerdo.
  • ¿Qué necesito? Aislarme del mundo, silencio e introspección. Pongo el móvil en modo avión y me quedo en silencio. Me tumbo en mi cama.

Autocuidado y darme prioridad

  • Tras ese tiempo de restauración, improviso una comida rápida para atender a mis hijos.
  • La gestión emocional ha tenido un coste físico, estoy agotada. Entiendo por qué es y no me hiper exijo, reconozco mi necesidad y el derecho a descansar. Por suerte, puedo hacerlo en este momento y duermo una siesta.
  • Al despertar, estoy mejor emocionalmente pero no físicamente. Mi hija está aburrida y reclama mi atención. A pesar de estar castigada, le permito usar el móvil porque no me siento con fuerzas de dedicarle tiempo en este momento. Mi orgullo no puede estar por encima de mi autocuidado.
  • Hay un montón de mensajes de las alumnas respondiendo al vídeo anterior. Pero, en este momento, no me hará bien leerlos. Decido dejarlos para después. Ahora la prioridad soy yo.
  • Al salir a la calle me sentía infinitamente mejor y esta emoción no ha vuelto a surgir porque está gestionada.

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No siempre se identifica tan fácilmente la gestión emocional

Una persona que no está acostumbrada al autoanálisis, hubiese relatado lo anterior del siguiente modo: “Por la mañana fui al hospital, me acordé de mi madre y me puse triste. Acabé llorando. Luego dormí una siesta y por la tarde me sentía mejor”.

Pero hacer este análisis, coger esa maraña y ordenarla en cajones, compartimentada, da paz y claridad. Y compartirla con mis alumnas y clientas, les enseña que gestiono mis conflictos con las mismas herramientas que les ofrezco a ellas. Hace muchos años hubiese tratado de aplacar mi tristeza comiendo dulces a escondidas. Pero eso no me hubiese dado consuelo, ¿verdad?

Es cierto que todo esto sucedió en un día en que pude permitirme sacar tiempo para mí. Recuerdo hace años, cuando mis hijos eran pequeños, decir: “Necesito que llegue el fin de semana y se vayan con su padre porque necesito estar sola para procesar esto”. Es decir, a veces hay que aplazar este momento. Pero, antes o después, tenemos que concedérnoslo. El trabajo que no hacemos, no desaparece, se acumula.

Gestionar emociones en 6 pasos:

  • Identificar la emoción y ponerle nombre. (Tristeza, soledad, niña abandonada)
  • Liberarme de juicios. (Da igual si murió hace 9 años. Yo la extraño y tengo derecho a sentirme así)
  • Responder a la necesidad. (Aislamiento, silencio, conectarme con ella, revivirla)
  • Darme prioridad. (Ponerme en primer plano y dejar el resto para luego)
  • Asumir el coste físico. (No hiper exigirme si me noto fatigada)
  • Una vez atendida la necesidad, salir del bucle. (De cena con las amigas)

Todo este proceso de gestión emocional lo hago instintivamente. Me limito a escuchar a mi cuerpo, sin ser consciente de las etapas. Esto es así por entrenamiento, porque lo hice muchas veces para no recurrir a la comida cuando me sentía mal. Sólo identifiqué las etapas para compartirlo con mis alumnas y ahora contigo.

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La libertad es la ausencia de necesidad

Hace tiempo que tengo claro que no necesito nadie en mi vida que me haga feliz, pero fue revelador en ese momento, ver que tampoco necesito que nadie me restaure cuando estoy rota. Antes necesitaba contar lo que me pasaba y el hecho de compartirlo me hacía sentir alivio. Ahora no. Y, a veces, hay quien lo interpreta como que no sé pedir ayuda. Nada más lejos, pero se me da mejor gestionar emociones en absoluta soledad.

Siento que tengo todas las herramientas dentro de mí y que me restauro mucho más rápido con la introspección y el análisis. No me ayuda verbalizar el conflicto o escuchar consejos y palabras de ánimo y consuelo.

No digo que me considere mejor que antes, cuando prefería compartir. Sólo son momentos diferentes y necesidades distintas. Siento que cada vez necesito menos. Cada vez soy más consciente de todo el poder que hay dentro de mí y de todas mis capacidades. Cuanto menos necesito, más libre me siento. La no necesidad y la capacidad de elegir se traducen en libertad. La auténtica libertad. Y me siento tremendamente orgullosa de estar acercándome a ella.

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