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La palabra resiliencia tiene su origen en la ingeniería. Allí se utiliza para describir la energía gracias a la cual se recupera y vuelve a su estado inicial un cuerpo deformado. Esto sucede cuando cesa el esfuerzo que causa la deformación. Es decir, si estiramos una goma elástica, cuando la soltemos recuperará su forma. No ocurrirá lo mismo si golpeamos con un martillo un bloque de madera. Por lo tanto, la goma es resiliente y el bloque de madera no.

Esta capacidad de recuperación no depende sólo de los materiales, sino de su estado. La misma madera del bloque, cortada en un listón fino y largo, diríamos que tiene resiliencia. Del mismo modo que el agua en estado líquido la tiene, pero no en forma de hielo.

En psicología, el término se define así: Resiliencia es la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador, o un estado o situación adversos. Una persona con capacidad para adaptarse a los cambios y sobreponerse a las dificultades, decimos que es resiliente.

Los cambios nos desestabilizan

A veces, esperamos encontrarnos en el estado ideal para abordar asuntos pendientes: “Cuando mi hijo se independice recuperaré mi vida social” o “Cuando acaben las vacaciones me pondré a dieta”. Pero lo cierto es que siempre habrá situaciones que nos desestabilicen. El confort emocional completo no existe.

Así pues, es mucho más inteligente aprender a vivir expuesto a los cambios, lo que requiere de adaptación. La aplicación máxima de la resiliencia es cuando somos capaces de convertir esa situación de tensión o dolor en una oportunidad de aprendizaje. Ante una crisis tienes dos opciones: resistirte o adaptarte. Te aseguro que lo primero es agotador y poco eficaz.

Cambios que hacen crecer mediante la resiliencia

Cuando puse nombre a mi trastorno de alimentación, en 2013, pensé “Vale, y ahora ¿qué?”. Podía seguir lamentándome de mi mala suerte y refugiándome en la excusa perfecta que me brindaba mi problema con la comida. También podía afrontarlo, investigar, estudiar, probar… Yo, realmente, sólo quería superar mi problema de alimentación emocional. No fue hasta después de lograrlo cuando tomé conciencia de que había logrado mucho más, algo que ni siquiera me había propuesto: Convertirme en la persona que hoy soy. No se trata de lo que logras, sino en quién te conviertes durante el proceso.

La resiliencia va ligada a la autoestima. Somos como creemos que somos y, si no nos sentimos capaces de remontar una crisis, lo más probable es que no lo logremos. Esto no quiere decir que las personas resilientes no sufran, pero es evidente que son capaces de enfocarlo de modo diferente: Desdramatizan, gestionan sus emociones y encaran la situación, como si de un desafío se tratase, tomando acción. Las habilidades comunicativas y de resolución de problemas suman puntos. No se trata de una capacidad heroica, todos la tenemos en mayor o menor medida. Y, lo mejor, podemos trabajar para fortalecerla. Se trata de una actitud, una elección.

Victor Frankl, neurólogo y psiquiatra austriaco, pasó tres años en campos de concentración nazis. Sobrevivió a aquel desastre y, al ser liberado, escribió el libro “El hombre en busca de sentido” en el que insiste en el siguiente mensaje: Aunque no podamos cambiar la situación en la que nos encontramos, siempre podemos elegir la actitud con la que afrontarla. A un hombre lo pueden despojar absolutamente de todo, excepto de la capacidad de elegir.

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