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A pesar de estar en el siglo XXI, la libertad sexual de las mujeres sigue siendo limitada. Seguimos utilizando como insulto que una mujer tenga una vida sexual activa.

Anoche, de madrugada, en uno de los grupos de Facebook en los que participo, un miembro publicó “Sois todas más putas que las gallinas”. Sobra decir que nadie daba crédito a lo que veíamos, ya que suele ser un grupo tranquilo donde compartimos bromas y reflexiones.

Las mujeres empezaron a preguntar de qué iba, otras propusieron ignorarlo porque sólo buscaba protagonismo. Algunas le plantaban cara y él insistía “Eres más puta que las gallinas. Y lo sabes” mostrando el meme de Julio Iglesias.

Como ninguno de los moderadores estaban despiertos, denunciamos al usuario en Facebook. Mi denuncia fue por el mal ambiente que estaba creando y porque era una provocación obvia, más que porque me hubiese ofendido.

Dar poder sobre nuestro estado emocional

Yo ya aprendí esa lección. Me gusta debatir más que a cualquiera, pero no doy poder a casi nadie sobre mi estado emocional. Y menos aún, a un desconocido. Porque si alguien es capaz de alterar tu estado emocional, te está dominando. Pero ¿sabes? ese poder se lo estás dando tú. Este es uno de los aprendizajes que se llevan los asistentes a mis talleres presenciales.

Como dice Don Miguel Ruiz, en su libro “Los 4 acuerdos”y como explico en este artículo:

“Incluso cuando una situación parece muy personal, por ejemplo cuando alguien te insulta directamente, eso no tiene nada que ver contigo. Lo que esa persona dice, lo que hace y las opiniones que expresa responden a los acuerdos que ha establecido en su propia mente. Su punto de vista surge de toda la programación que recibió durante su domesticación.

Esa persona intentó enviarte su veneno, y si te lo tomas personalmente, lo recoges y se convierte en tuyo. Tomarse las cosas personalmente te convierte en una presa fácil para esos depredadores.

Te comes toda su basura emocional y la conviertes en tu propia basura. Pero si no te lo tomas personalmente, serás inmune a todo veneno aunque te encuentres en medio del infierno.

Cuando te tomas las cosas personalmente, te sientes ofendido y reaccionas defendiendo tus creencias y creando conflictos. Haces una montaña de un grano de arena porque sientes la necesidad de tener razón y de que los demás estén equivocados. También te esfuerzas en demostrarles que tienes razón dando tus propias opiniones.

No, no me lo tomo personalmente. Pienses lo que pienses, sientas lo que sientas, sé que se trata de tu problema y no del mío. Es tu manera de ver el mundo. No me lo tomo de un modo personal porque te refieres a ti mismo y no a mí.”

Este fue uno de mis grandes aprendizajes.

La defensa innecesaria de algunos hombres

Anoche, fue curiosa la respuesta de algunos hombres, que aprovecharon la afrenta para hacer gala de su hombría: “Ya nos veremos las caras. Nadie insulta a las mujeres de este grupo y se va de rositas”. Alguno hizo montaña, como bien dice el autor, haciendo extensivo el insulto a su madre y hermanas, clamando venganza.

Yo pedí educadamente que nadie me defendiese (los rescata princesas me producen urticaria). Y que, si alguien pensaba partirle los dientes a otro, sobre todo, no lo hiciese en mi nombre. Lo primero, porque no me había ofendido; lo segundo, porque tengo casi 50 años. Quizá no físicamente, pero, emocional y verbalmente, me defiendo mucho mejor de lo que podría hacer cualquier hombre. Feminidad no implica debilidad.

La libertad sexual de la mujer como insulto

Dicen que no ofende quien quiere, sino quien puede. No entiendo que nos podamos seguir ofendiendo en pleno siglo XXI  porque alguien nos llame putas. Si se refiere a la profesión, me parece tan respetable como cualquier otra. Si se refiere a la mujer que se acuesta con muchos hombres, me merece el mismo respeto que la que sólo tiene sexo con uno, o con ninguno. La libertad sexual de una persona jamás debería constituir un insulto.

Es seguro que aquel hombre habría bebido más de la cuenta, o habría sufrido un rechazo o un engaño que no era capaz de gestionar en ese momento. Sólo supo proyectar toda su rabia y frustración. Trató de hacernos pagar a todas el dolor que le había producido una mujer, o sus propias expectativas acerca de ella. Y atacó nuestra libertad sexual.

Aquel insulto no iba dirigido a mí, ya que ni siquiera nos conocemos. De cualquier modo, tengo casi 50 años, sé defenderme sola y no tengo que dar explicaciones a nadie del número de hombres con los que me acuesto. Y, sobre todo, mi serenidad y mi estabilidad emocional no son vulnerables a la proyección de tu odio.

Querido desconocido, espero que hoy estés mejor…

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