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Debe ser cierto que ser feliz se nota. Este fin de semana, un conocido me preguntó qué tal me iba con mi pareja. Yo, con los ojos muy grandes, le pregunté: “¿Pareja, qué pareja?”. Él me respondió: “¿Ah, no? Yo pensaba que sí, como te veo últimamente tan bien y publicas esas cosas…”

La verdad es que, por más vueltas que le doy, no caigo en qué cosas publico diferentes a hace un tiempo. Siempre he tratado de transmitir el positivismo con el que vivo. Pero cuando paso una temporada difícil o tengo un día complicado, también lo digo.

¿Hay que enamorarse para ser feliz?

No deja de parecerme curioso que la gente asocie siempre ser feliz con el enamoramiento. Nos cuesta todavía entender que una persona pueda ser feliz y sentirse plena estando sola. Si la felicidad te la aporta otra persona, ¿qué sucederá si se marcha? Y ojo, que sigo pensando que sería maravilloso compartir momentos con alguien. Es sólo que, me resulta desgastante el proceso de conocer personas con ese fin y depositar ilusiones que luego se vienen abajo. Por eso, en este momento prefiero dedicar mi tiempo y energía a mí misma y a mis proyectos.

Hace tiempo ya escribí sobre esto mismo y sigo pensando lo mismo: Es magnífico encontrarme en un punto vital tan bueno, en el que los demás me perciben feliz, serena y hasta “radiante”, como me dicen a veces. Es genial ser feliz y, más aún, que los demás te lo noten.

La visita a mi otorrino

Semanas atrás fui a mi otorrino, por un dolor de oídos que resultó ser articular de la mandíbula. Esta especialista me llevó durante años, ya que mis oídos son uno de mis puntos débiles. Pero lo cierto es que hacía años que no iba, de hecho, no esperaba que se acordase de mí. Al poco de entrar, se acerca a darme dos besos y me dice: “Pero ¿cómo estás? No te había reconocido con las gafas.” Estuvimos un buen rato hablando antes de pasar a mirar mis oídos.

Me preguntó qué había hecho, que la última vez que nos vimos me encontró bastante desbordada y ahora desprendo serenidad. “Te ha cambiado hasta la cara, te veo tan bien…” Le expliqué cómo puse nombre a mi trastorno alimentario y me recuperé, mi formación en coaching y cómo ha cambiado mi vida… Nos emocionamos juntas y fue precioso. Me riñó por no usar la férula para el bruxismo, pero salí flotando de allí. Aquella mujer me miraba como un niño pequeño mira un regalo, estaba realmente fascinada con mi cambio. Me hizo sentir orgullosa de mi transformación, una vez más.

Ser feliz es cuestión de actitud

Mi vida sigue siendo complicada y a veces se me hace bola, como a todos. Tengo los mismos problemas que el resto de los mortales, y alguno más y, honestamente, de difícil solución. Pero, como le decía el otro día a mi colega Xavi Verdoy: “A mí me da igual que la vida no me sonría, soy yo quien elige sonreírle a ella”.

Y es que ser feliz es eso, una actitud ante la vida, una elección. La felicidad no llega, se construye. Un día decides ser feliz… y lo eres, contra viento y marea. Parece tan sencillo que te resulta increíble no haberlo conseguido antes. Y te resulta tan maravilloso que quieres que todo el mundo lo sea, que todas las personas sientan lo mismo que tú. Así voy, “evangelizando” a mis amigos, seguidores y clientes hasta que me manden a hacer puñetas. Porque  la felicidad compartida se hace aún más grande.

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